Hoja 3
3. /Mt/01/01 /Gn/02/04
a) "Libro de la genealogía...'' El comienzo de Mt 1,1 suena de esta forma:
"Biblos ghenéseos lesou Christou... " ("Libro de la generación de
Jesucristo"). Pues bien, observan algunos exegetas, el título Biblos ghenéseos es
el mismo que aparece en Gén 2,4 a propósito de la creación del mundo: "Estos son
los orígenes (É Biblos ghenéseos) de Adán" (los Setenta leen: "de los
hombres"). De este visible paralelismo entre Mt 1,1 y Gén 2,4; 5,1, algunos deducen
la siguiente conclusión: Mateo considera el génesis-nacimiento de Jesús como una
segunda creación: Cristo es el nuevo Adán y el seno de María (cf Mt 1,18.21) sería
como la nueva tierra virgen de la que el Espíritu de Dios plasma al que es origen de la
nueva humanidad.
Pensar en la encarnación de Cristo como en una renovada creación es una
propuesta convincente. Además de apelar a las observaciones literarias mencionadas
anteriormente, podríamos apoyarla en el carácter de absoluta novedad que tiene esta
página de Mateo. Por ejemplo, la realeza de David se destaca claramente en el v. 5 y
(según algunos) también en el v. 6. Pero con el destierro la institución
monárquico-davídica se ve apagada. En la tercera serie de nombres que sigue a la
deportación de Babilonia (vv. 12-16) aparecen personas destituidas de toda insignia real.
Cristo dará vida a un nuevo tipo de realeza, que es de un género muy distinto. Como Hijo
de Dios (Mt 2,15), establece otra casa de David, un reino que trasciende las leyes de la
carne y de la, sangre. La misma manera con que entra en nuestro mundo es un capítulo
abierto hacia la naturaleza divina de su persona. Un día dijo Jesús a propósito de sí
mismo: "Aquí hay algo mayor que el templo... ¡He aquí algo superior a Jonás!...
¡Aquí hay algo superior a Salomón!" (Mt 12,ó.41.42). Si sus antepasados fueron
engendrados por el encuentro de un hombre y una mujer, la humanidad de Cristo es fruto del
poder del Espíritu que actúa en el seno de María. Es un camino que desconcierta a la
sabiduría de aquí abajo: "El nacimiento de Jesucristo fue así..." (v.
/Mt/018).
Tales son los albores de la nueva creación, aquella en que el Hijo del hombre se
sentará en el trono de su gloria (cf Mt 19,28; 25,31). Cristo se hizo rey no por
sucesión davídica, sino por concepción virginal y por resurrección; ambas son obra del
Espíritu que renueva todas las cosas (cf Sab 7,22.27).
b) Cuatro mujeres en la genealogía, ¿por qué? Mateo (a diferencia de Lc
3,23-28) pone cuatro mujeres en los eslabones de la cadena genealógica de Jesús: Tamar
(v. 3), Rajab (v 5a), Rut (v. 5b) y "la mujer de Urías" (v. 6b), o sea
Betsabé. En la finalidad esencial de la genealogía la mención de estas cuatro mujeres
no era necesaria. En efecto, para la mentalidad bíblico-semítica (que es masculinista)
el que engendra es el varón, mientras que la mujer le engendra al marido. Y Mateo lo sabe
bien, hasta el punto que une los nombres de Tamar, Rajab, Rut y Betsabé a los de sus
maridos respectivos (Judas, Salmón, Booz y David). Mateo, según se dice, no suele
conceder gran importancia a la mujer. Pero aquí precisamente, como apertura de su
evangelio, hace una excepción. ¿Por qué motivo?
Porque son pecadoras, responden algunos siguiendo a san Jerónimo; Jesús,
afirmará varias veces el evangelista, vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21,
9,2-6.10-13 18,11- 14...). Pero se objeta que no es éste el caso de Rut, que se nos
presenta como una mujer virtuosa, a pesar de que procedía de una tierra pagana, la de
Moab (Rut 1,1ss). En cuanto a Tamar, el mismo Judá reconoció: "Es más justa que
yo" (Gén 38,26); además, como diremos, se sabe perfectamente que estuvo rodeada de
una gran veneración en la antigua literatura judía. Rajab ya a partir del texto
bíblico de Jos 2,121 y 6,17.22-25 es celebrada como una heroína. Y sobre las
peripecias de Betsabé hay que notar que el pecado se hizo recaer más bien sobre David,
que la mandó raptar (2Sam 11,4; 12,1-14); además, el pensamiento rabínico se muestra
muy indulgente con ella.
Porque son extranjeras, responden otros. Tamar y Rajab eran naturales de Canaán;
Rut es moabita; Betsabé, por el hecho de ser mujer de un hitita (Urías), puede que fuera
también de origen extranjero. Por eso Mateo incluiría a cuatro mujeres no hebreas en la
genealogía de Cristo, casi como un preludio para la salvación universal que había
venido a traer (Mt 2,1-12; 8,11-12; 28, 18-19).
Un tercer motivo subraya el hecho de que cada una de estas cuatro mujeres
realizaron hechos muy beneméritos para el destino del pueblo de Israel. Tamar,
fingiéndose prostituta, impidió que se extinguiera la raza de Judá (Gén 38), de la que
tenía que surgir el mesías (Gén 49,10). Por tanto, se comprende la profunda admiración
que se le tributó dentro del judaísmo. Rajab, al esconder a los espías de Josué y
profesar su fe en Yavé, favoreció la entrada de los israelitas en la tierra de Canaán
(Jos 2) y fue considerada como un modelo de fe (Heb 11,31, IClem 12,1). Rut, a pesar de
ser natural de Moab siguió a su suegra a Israel y para suscitar descendencia a su marido
difunto, tal como prescribía la ley mosaica, se casó con Booz, su pariente próximo;
así nacerá Obed, abuelo de David (Rut 1-4). Betsabé, con su intercesión ante David,
obtuvo que Salomón (y no Adonías) se convirtiera en heredero del trono (IRe 1,11-40),
según la profecía de Natán (2Sam 7,8-16; 12,24-25). El papel que representaron Tamar,
Rajab, Rut y Betsabé es ciertamente de primera fila. Pero, se objeta, ¿por qué el
evangelista silencia a las que fueron las "madres de Israel" por excelencia,
como Sara, Rebeca, Raquel, Lia...? Es una dificultad que tiene su peso especifico.
Quizá la respuesta más en consonancia con las intenciones de Mateo es la de A.
Paul 9. La tradición judía señala el exegeta francés es muy consciente de
que en la maternidad de Tamar, de Rajab, de Rut y de Betsabé había algo "no
regular", aunque tampoco pecaminoso. El judaísmo próximo al NT consideraba
realmente que era el Espíritu Santo el que guiaba a aquellas mujeres en sus peripecias, a
fin de que fueran instrumentos providenciales para la venida del mesías y permaneciesen
fieles a su tarea, a pesar de sus muchas dificultades; esto vale también para Rut, la
cual (se decía en los ambientes judíos) era estéril y fue curada por obra del Espíritu
del Señor. En cierto sentido, por consiguiente, en aquellas cuatro mujeres había tenido
lugar una intervención del Espíritu Santo como anuncio de la maternidad de María y de
la situación de José. Sin embargo, concluye acertadamente A. Paul, al lado de las
afinidades descritas anteriormente, hay que tener en cuenta las marcadas diferencias que
hay entre las mencionadas madres de Israel y la madre de Jesús: María tiene una misión
absolutamente original y es eso precisamente lo que Mateo quiere destacar.
c) /Mt/01/16b: El versículo 16b. El nombre de María
aparece en el tercer grupo, en el v. 16b, con el tenor siguiente: "Y Jacob engendró
a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús el llamado Cristo".
1) Una peculiaridad estilística del v. 16b. Es digno de interés el modo con que
el evangelista introduce a María en el v. 16b. En los vv. 2-16a escribía con una frase
estereotipada e inmutable: "Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a
Jacob...", etc. Pero al llegar al v. 16, Mateo cambia de estilo y dice: "Jacob
engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús el llamado Cristo".
En vez de seguir escribiendo: "José engendró a Jesús", el evangelista recurre
de pronto a un giro en la frase. ¿Por qué?
Este motivo es de extraordinaria importancia y se nos explica en los vv. 18-25.
En efecto, los antepasados de Jesús, desde Abrahán (v. 2) hasta Jacob, padre de José
(v. 16a), engendraron a sus hijos según la ley ordinaria de la naturaleza. Pero en el
caso de Jesús el Cristo se da una excepción tan singular como inaudita: Jesús no tiene
padre humano; su concepción en el seno de María no es fruto del semen de José, sino que
se debe a una intervención directa del Espíritu Santo (1,18d.20d). De tal naturaleza fue
el acontecimiento inefable que se realizó en María, antes de pasar al segundo momento de
la práctica nupcial judía, es decir, ir a habitar en casa de su esposo (1,18b-c). Por
tanto, en el origen humano de Cristo no está José, sino María, la cual "'se
encontró encinta por virtud del Espíritu Santo" (Mt 1,18). Dios es la causa
trascendente de la novedad de Cristo salvador. Jesús tiene a Dios como padre(cf
Mt2,11,que cita a Os 11,1; luego 3,17; 4,3.6; 14,33; 17,5).
El evangelista afirma que José es esposo de María (1,16) y que María es esposa
de José (1,20.24), pero evita escribir que José sea padre de Jesús. Esta preocupación
suya se manifiesta también en 2,13-23, donde nos narra la huida a Egipto y el regreso
posterior a la tierra de Israel. Esa sección, como observan los comentadores, tiene
algunas frases muy similares a Éx 4,19-20, en donde se narra el regreso de Moisés desde
Madián a Egipto, después de haber muerto los que ponían asechanzas a su vida. Pero hay
que prestar atención a la siguiente discrepancia. De Moisés se escribe que "tomó a
su mujer y a sus hijos y se dirigió a Egipto" (Éx 4,20), mientras que de José se
dice en cuatro ocasiones que tomó "al niño y a su madre" (vv. 13.14.20.21).
2) Un par de variantes del v. 16b. La tradición textual conserva dos lecciones
menores, claramente derivadas de la que acabamos de examinar, que goza del apoyo de los
manuscritos de mayor importancia.
Una de ellas cambia el texto de esta forma: "Jacob engendró a José, para
quien su prometida esposa la virgen María engendró a Jesús" (códice de Koridethi,
la familia de mss. Ferrar, la Vetus latina y la sirocuretoniana). El amanuense se vio
quizá impresionado por la crudeza de la expresión "...José, esposo (griego: andra)
de María". Estaba por medio la virginidad perpetua de la madre de Jesús. Y entonces
se preocupó de atenuar el texto original, indicando expresamente a María como virgen.
Además, esta lección se compagina más claramente con la mentalidad semítica, según la
cual una mujer engendra un hijo al marido (cf Lc 1,13). José es el cabeza de familia
legal, confirmado en esa función por Dios mismo (Mt 1,20-21).
La segunda variante lee: "Jacob engendró a José, y José, con el que
estaba desposada la virgen María, engendró a Jesús, llamado Cristo" (versión
siro-sinaítica solamente). Con semejante alternativa el copista intentaba armonizar el v.
16b con los vv. 2-16a, en donde se recurre treinta y nueve veces a la fórmula fija:
"Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob..." Sin embargo, también
aquí se evita nombrar a José como esposo de María y se caracteriza a María con su
cualidad de virgen.
A juicio de algunos críticos racionalistas, las dos variantes servirían para
indicar que para algunas corrientes de los primeros siglos José era considerado como
padre natural, y no legal, de Jesús. Pero las observaciones apuntadas más arriba hacen
sumamente improbable esta deducción.
En resumen: el v. 16b, con su doble lección alternativa, prepara al lector para
el misterio que se realizó en María. Ese misterio confunde la sabiduría y los planes de
este mundo. Estamos en el umbral de una segunda creación, todavía más maravillosa que
la primera.
CONCLUSIÓN. Desde Abrahán hasta Cristo (Mt 1,1-16), el itinerario de la
historia de la salvación no fue un viaje triunfal. Se diría más bien que en él se
mezclan la gracia y el pecado, una alternativa de luces y de sombras. Junto al amor de
Dios, que sigue siendo indefectible, está el elemento humano, capaz de subir e inclinado
a caer. Entre sus antepasados Cristo tiene santos y pecadores; tanto a los unos como a los
otros no se avergüenza de llamarlos hermanos (cf Heb 2,11-12).
Aquella larga peregrinación que se extiende desde Abrahán hasta Cristo alcanza
por fin la meta. María es el penúltimo eslabón de esta cadena genealógica. También
ella por la vocación especial que se le ha asignado, es testigo de la fidelidad de Dios a
sus promesas de querer estar al lado de los hombres (cf Gén 3,15). La Virgen surge del
río de las generaciones humanas como alba que prepara el día de Cristo, salvación
eterna: "Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús el
llamado Cristo"( Mt 1,16).
A. SERRA
DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 308-311 |