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Comencemos lamentando que el género literario de las generaciones bíblicas,
adoptado por el evangelio de este día, sea prácticamente inutilizable. Tiene un
eco demasiado escaso entre nuestros contemporáneos, que no escuchan más que unos
sonidos, en lugar de asistir a esa especie de "desfile" de la historia
bíblica que ha querido montar el autor mateano. Privados de su poder evocador, estos
nombres pasados de moda hacen sonreír y no queda de ellos más que el extraño
carácter de su enumeración.
Si queremos arriesgarnos a leer este texto, tendremos que intentar redactar de
nuevo su contenido, a la manera de los periodistas que transcriben en un estilo que
suponen ser el único admisible por sus lectores, una información redactada en otro
estilo inaceptable. Se suprimirá el verbo y el doblete: Abraham engendró a
Isaac-Isaac engendró a Jacob..., que es un poco lo que ha hecho Lucas. Se obtiene
así el siguiente texto aligerado:
Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.
De Abraham a David, catorce generaciones:
Abraham, Isaac, Jacob, Judá; Farés de Tamar, Esrón, Aram, Aminadab, Naasón,
Salmón, Booz de Rahab, Ober de Rut, Jesé, David.
De David a la deportación de Babilonia, catorce generaciones:
David, Salomón -de la mujer de Urías-, Roboam, Abías, Asaf, Josafat, Joram,
Ozías, Joatán, Acaz, Ezequias, Manasés, Amós, Josías, Jeconías.
De la deportación de Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones:
Jeconías, Salatiel, Zorobabel, Abiud, Eliaquín, Azor, Sadoc, Aquim, Eliud,
Eleazar, Matán, Jacob, que engendró a José, el esposo de María, de la cual
nació Jesús, llamado Cristo.
En la imaginación de las gentes que oyen enumerar los nombres de los reyes de su
Patria, especialmente los más distinguidos, aparecen en seguida siglos sucesivos,
retratos en color, acontecimientos célebres, en una palabra: períodos enteros de
la historia de su País. Los cristianos palestinos, a quienes Mateo leía esta serie
de nombres bíblicos, captaban, mejor de lo que nosotros podemos hacerlo, que
Jesús, al llegar al final de una historia ya grande y bella, constituía su
coronamiento esplendoroso.
Porque éste es ciertamente el pensamiento del autor, que no está pensando en
primer término en proporcionarnos un acta notarial fuera de toda sospecha que
refiera con exactitud la lista completa e indiscutible de los antepasados de Jesús.
Hay muchos rasgos que subrayan el carácter convencional que nuestro autor acepta
o intenta. La comparación con el documento paralelo referido por Lucas (Lc 3,
23-28) permite constatar que de Abraham a Jesús, Mateo enumera 41 nombres y Lucas
57, de los que sólo 15 son comunes a ambas listas. El reparto en tres períodos de
catorce antepasados cada uno es arbitrario; de hecho, el autor no ha logrado esa
simetría perfecta más que a costa de citar dos veces el mismo nombre: el de David
o el de Jeconías, y de mutilar el documento que le sirve de fuente: el Libro 1º de
las Crónicas (1 Cro 2 y 3) reseña, entre David y Jeconías -rey exiliado- no
catorce, sino dieciocho generaciones.
Resultado de un audaz ensamblaje de textos, cuya verdad histórica es parcial,
esta página decía muchas cosas a su autor y a sus destinatarios.
Decía, en primer lugar, el estrecho vínculo que unía a Jesús con el Antiguo
Testamento: un Antiguo Testamento que era a la vez una revelación; mediante él, se
comunica la plenitud del "proyecto divino" sobre el hombre, la perfección
de la Ley.
Se verá cuando Jesús esté "en la montaña".
Esta revelación se encontraba inserta en una historia. El documento lo
demuestra: Jesús está ligado a los testigos de las grandes etapas de la historia
bíblica. Mientras que Lucas hace que la genealogía de Jesús se remonte hasta
Adán, Mateo se detiene en Abraham, con quien comienza la "génesis" de
Jesucristo, lo mismo que la "génesis" del mundo había comenzado con la
creación (Gn 2, 4), la de los hombres con Adán (Gn 5, 1), y la de la humanidad
superviviente del diluvio con Noé (Gn 6, 9).
Como todo judío, Jesús puede decir: "Nosotros tenemos por padre a
Abraham" (3, 9); su venida es ante todo para reagrupar a los verdaderos hijos
del Patriarca: "él salvará a su pueblo"; para "reunir a los hijos
de Jerusalén" (23, 37). Pero la continuación del evangelio, y quizá ya la
genealogía misma (ver más adelante), nos enseñarán que Jesús vino en último
término, para constituir un pueblo nuevo, universal (21, 43), "surgido" (3, 9b)
a partir de todos aquellos a los que el corazón hace verdaderos hijos de Abraham.
Es conocida la insistencia y la convicción con que Pablo desarrolla este tema (Ga
4, 21-31; Rm 4) En el centro de esta historia, cuyo comienzo marca Abraham y cuya
cima es Jesús, aparece David, citado varias veces en nuestro capítulo (v.
1.617.20). A algunos comentaristas les ha gustado advertir que las consonantes del
nombre regio corresponden, en hebreo, a las cifras 4.6.4, cuya suma es 14: número
clave en la organización de la genealogía, sutilmente transformada en un
jeroglífico davídico.
La mención del prestigioso rey es central en la página mateana. Ya desde el v.
1. se anuncia que Jesús es "hijo de David"; y este tema, proclamado así
desde el comienzo, es recogido en el "anuncio hecho a José" que cierra la
genealogía. Precisamente este tema del davidismo es el que da la clave de este
relato.
Como José, según atestigua el ángel, es "hijo de David", al
"tomar consigo a María, su esposa" y al "poner por nombre
Jesús" al hijo que ella dará a luz, hará de Jesús el "hijo de
David" estableciendo un nexo de filiación jurídica, más importante a los ojos de
la época que el de la filiación carnal.
El tercer bi-septenario está marcado por el destierro de Babilonia. No sin
alguna razón ha elegido Mateo esta etapa. El tema reaparece en 2, 14; Jesús marcha
al destierro, del que vuelve en el v.21, mientras que 2, 18 explica la desgracia de
los niños de Judea mediante una cita de Jeremías que alude a la deportación de
Babilonia. ¿No está pensando Mateo que los judíos contemporáneos de Jesús,
incrédulos, van a sufrir una prueba (él escribe después de la ruina de
Jerusalén) de la que es figura el destierro?. La presentación que hace de Jesús
volviendo de la deportación e instalándose en Palestina (2, 19-23) querría hacer ver
en él al jefe que repone en su "tierra" (5, 4: poseer la tierra en
herencia) al pueblo liberado, a "su pueblo". (...).
La presencia de mujeres en medio de una asamblea que los
"convencionalismos" imponían que fuese estrictamente masculina no deja de
intrigar. Se han dado varias respuestas. Esas cuatro mujeres habían sido pecadoras:
venido para "quitar el pecado del mundo" (Jn 1, 19), el Mesías aparecía
así más ligado a la humanidad que viene a salvar. Pero Rut no es pecadora; y
piénsese lo que se quiera de Tamar o de Betsabé, nada indica que la tradición
bíblica las haya considerado así. O también se puede aducir que estas mujeres
eran extranjeras; su presencia atestiguaría la misión universal del Mesías.
Cierto... aunque ningún versículo bíblico indica que la tradición estuviera
interesada de ese modo en ese aspecto de su personaje, y aunque -asimismo- nadie sea
capaz de demostrar, en el rigor de esta palabra, que Tamar y Betsabé tuvieran un
origen extraño al pueblo.
Para entender la inesperada presencia de estas damas célebres en el cortejo
genealógico del Mesías, hay, primero, que recordar que la tradición bíblica
tenía una forma de reflexionar sobre su "aventura" que, no por ser más
inesperada todavía que dichas damas, es menos de tener en cuenta. Partiendo de una
apriori extraño a toda consideración psicológica objetiva, esta tradición
admiraba la presciencia y la habilidad de estas mujeres que habían comprendido que
el Mesías descendería de Judá (Tamar), nacería en el pueblo hebreo (Rahab), de
una familia de Belén (Rut), de la descendencia de David (Betsabé). Seguras de este
conocimiento, habían empleado todos sus talentos, muy diversos, para entrar también
en ellas (aunque extranjeras -?-), en la ascendencia de ese personaje prestigioso.
De esta forma, tales mujeres habían aparecido ante los israelitas como modelos de la
espera mesiánica. Al hacerlas figurar entre los ascendientes de Jesús, el
evangelista prueba que Jesús era ciertamente el Mesías y muestra cuán esperado y
deseado fue. Los cristianos no pueden desdeñar tales sentimientos; sobre todo si,
siendo de origen judío, ven a unas paganas animadas por tan nobles deseos.
Finalmente, el capítulo 1 de Mateo está centrado en la filiación davídica de
Jesús. Y es que el mesianismo va asociado a esta filiación. "¿De quién es
hijo el Cristo?", pregunta Jesús a los fariseos. "De David",
responden ellos (22,42). Hacer remontarse hasta David el árbol genealógico de
Jesús es proclamarle Mesías: enseñanza útil para los judíos, algunos de los
cuales además habían reconocido esta filiación (12, 42).
Hacer remontar hasta David la ascendencia de Jesús, es decirles mucho a los
cristianos que han reconocido ya la mesianidad de su Maestro y que saben que, según
testimonio del propio David, el Mesías es más que hijo suyo: es su
"Señor" (22, 45). Es afirmar el realismo humano, la auténtica inserción
histórica de aquel a quien ahora confiesan como Señor. Pablo lo explica: el "hijo
de Dios, Jesucristo, nuestro Señor, nacido del linaje de David según la
carne" (Rm 1, 3 s). Los sermones de los Hechos de los Apóstoles, exposiciones
esquemáticas de la fe, afirman esta filiación (2 lectura).
Volviendo a tomar las suplicantes fórmulas antiguamente dirigidas a Jesús, por
los ciegos (9, 27; 20,30 s), o por la cananea (15,22: ¡una pagana!), los cristianos
le invocan en su liturgia:
"Jesús, Hijo de David, ten compasión de nosotros!".
Así se dirigen a aquel que "constituido por Dios como Señor y Cristo
(=Mesías)" (Hech 2, 36) "puede sentir compasión hacia los débiles,
puesto que también él, hombre como es, se vio envuelto en flaqueza" (según
Heb 5, 2).
LOUIS MONLOUBOU
LEER Y PREDICAR EL EVANGELIO DE MATEO
EDIT. SAL TERRAE SANTANDER 1981.Pág 57
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