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Genealogía de Jesus

página 5

Comencemos lamentando que el género literario de las generaciones bíblicas, adoptado  por el evangelio de este día, sea prácticamente inutilizable. Tiene un eco demasiado escaso  entre nuestros contemporáneos, que no escuchan más que unos sonidos, en lugar de asistir  a esa especie de "desfile" de la historia bíblica que ha querido montar el autor mateano. Privados de su poder evocador, estos nombres pasados de moda hacen sonreír y no  queda de ellos más que el extraño carácter de su enumeración.

Si queremos arriesgarnos a leer este texto, tendremos que intentar redactar de nuevo su  contenido, a la manera de los periodistas que transcriben en un estilo que suponen ser el  único admisible por sus lectores, una información redactada en otro estilo inaceptable. Se  suprimirá el verbo y el doblete: Abraham engendró a Isaac-Isaac engendró a Jacob..., que es  un poco lo que ha hecho Lucas. Se obtiene así el siguiente texto aligerado:

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. 

De Abraham a David, catorce generaciones:

Abraham, Isaac, Jacob, Judá; Farés de Tamar, Esrón, Aram, Aminadab, Naasón, Salmón,  Booz de Rahab, Ober de Rut, Jesé, David.

De David a la deportación de Babilonia, catorce generaciones:

David, Salomón -de la mujer de Urías-, Roboam, Abías, Asaf, Josafat, Joram, Ozías,  Joatán, Acaz, Ezequias, Manasés, Amós, Josías, Jeconías.

De la deportación de Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones:

Jeconías, Salatiel, Zorobabel, Abiud, Eliaquín, Azor, Sadoc, Aquim, Eliud, Eleazar, Matán,  Jacob, que engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

En la imaginación de las gentes que oyen enumerar los nombres de los reyes de su Patria,  especialmente los más distinguidos, aparecen en seguida siglos sucesivos, retratos en color,  acontecimientos célebres, en una palabra: períodos enteros de la historia de su País. Los  cristianos palestinos, a quienes Mateo leía esta serie de nombres bíblicos, captaban, mejor  de lo que nosotros podemos hacerlo, que Jesús, al llegar al final de una historia ya grande y  bella, constituía su coronamiento esplendoroso.

Porque éste es ciertamente el pensamiento del autor, que no está pensando en primer  término en proporcionarnos un acta notarial fuera de toda sospecha que refiera con  exactitud la lista completa e indiscutible de los antepasados de Jesús.

Hay muchos rasgos que subrayan el carácter convencional que nuestro autor acepta o  intenta. La comparación con el documento paralelo referido por Lucas (Lc 3, 23-28) permite  constatar que de Abraham a Jesús, Mateo enumera 41 nombres y Lucas 57, de los que sólo  15 son comunes a ambas listas. El reparto en tres períodos de catorce antepasados cada  uno es arbitrario; de hecho, el autor no ha logrado esa simetría perfecta más que a costa de  citar dos veces el mismo nombre: el de David o el de Jeconías, y de mutilar el documento que  le sirve de fuente: el Libro 1º de las Crónicas (1 Cro 2 y 3) reseña, entre David y Jeconías  -rey exiliado- no catorce, sino dieciocho generaciones.

Resultado de un audaz ensamblaje de textos, cuya verdad histórica es parcial, esta página  decía muchas cosas a su autor y a sus destinatarios.

Decía, en primer lugar, el estrecho vínculo que unía a Jesús con el Antiguo Testamento:  un Antiguo Testamento que era a la vez una revelación; mediante él, se comunica la plenitud  del "proyecto divino" sobre el hombre, la perfección de la Ley.

Se verá cuando Jesús esté "en la montaña".

Esta revelación se encontraba inserta en una historia. El documento lo demuestra: Jesús  está ligado a los testigos de las grandes etapas de la historia bíblica. Mientras que Lucas  hace que la genealogía de Jesús se remonte hasta Adán, Mateo se detiene en Abraham, con  quien comienza la "génesis" de Jesucristo, lo mismo que la "génesis" del mundo había  comenzado con la creación (Gn 2, 4), la de los hombres con Adán (Gn 5, 1), y la de la  humanidad superviviente del diluvio con Noé (Gn 6, 9).

Como todo judío, Jesús puede decir: "Nosotros tenemos por padre a Abraham" (3, 9); su  venida es ante todo para reagrupar a los verdaderos hijos del Patriarca: "él salvará a su  pueblo"; para "reunir a los hijos de Jerusalén" (23, 37). Pero la continuación del evangelio, y  quizá ya la genealogía misma (ver más adelante), nos enseñarán que Jesús vino en último   término, para constituir un pueblo nuevo, universal (21, 43), "surgido" (3, 9b) a partir de  todos aquellos a los que el corazón hace verdaderos hijos de Abraham. Es conocida la  insistencia y la convicción con que Pablo desarrolla este tema (Ga 4, 21-31; Rm 4) En el  centro de esta historia, cuyo comienzo marca Abraham y cuya cima es Jesús, aparece David,  citado varias veces en nuestro capítulo (v. 1.617.20). A algunos comentaristas les ha  gustado advertir que las consonantes del nombre regio corresponden, en hebreo, a las cifras  4.6.4, cuya suma es 14: número clave en la organización de la genealogía, sutilmente  transformada en un jeroglífico davídico.

La mención del prestigioso rey es central en la página mateana. Ya desde el v. 1. se anuncia que Jesús es "hijo de David"; y este tema, proclamado así   desde el comienzo, es recogido en el "anuncio hecho a José" que cierra la genealogía.  Precisamente este tema del davidismo es el que da la clave de este relato.

Como José, según atestigua el ángel, es "hijo de David", al "tomar consigo a María, su  esposa" y al "poner por nombre Jesús" al hijo que ella dará a luz, hará de Jesús el "hijo de   David" estableciendo un nexo de filiación jurídica, más importante a los ojos de la época que  el de la filiación carnal.

El tercer bi-septenario está marcado por el destierro de Babilonia. No sin alguna razón ha  elegido Mateo esta etapa. El tema reaparece en 2, 14; Jesús marcha al destierro, del que  vuelve en el v.21, mientras que 2, 18 explica la desgracia de los niños de Judea mediante  una cita de Jeremías que alude a la deportación de Babilonia. ¿No está pensando Mateo que  los judíos contemporáneos de Jesús, incrédulos, van a sufrir una prueba (él escribe después  de la ruina de Jerusalén) de la que es figura el destierro?. La presentación que hace de  Jesús volviendo de la deportación e instalándose en Palestina (2, 19-23) querría hacer ver   en él al jefe que repone en su "tierra" (5, 4: poseer la tierra en herencia) al pueblo liberado, a  "su pueblo". (...).

La presencia de mujeres en medio de una asamblea que los "convencionalismos" imponían  que fuese estrictamente masculina no deja de intrigar. Se han dado varias respuestas. Esas  cuatro mujeres habían sido pecadoras: venido para "quitar el pecado del mundo" (Jn 1, 19),  el Mesías aparecía así más ligado a la humanidad que viene a salvar. Pero Rut no es  pecadora; y piénsese lo que se quiera de Tamar o de Betsabé, nada indica que la tradición   bíblica las haya considerado así. O también se puede aducir que estas mujeres eran  extranjeras; su presencia atestiguaría la misión universal del Mesías. Cierto... aunque ningún  versículo bíblico indica que la tradición estuviera interesada de ese modo en ese aspecto de  su personaje, y aunque -asimismo- nadie sea capaz de demostrar, en el rigor de esta  palabra, que Tamar y Betsabé tuvieran un origen extraño al pueblo.

Para entender la inesperada presencia de estas damas célebres en el cortejo genealógico  del Mesías, hay, primero, que recordar que la tradición bíblica tenía una forma de reflexionar  sobre su "aventura" que, no por ser más inesperada todavía que dichas damas, es menos de  tener en cuenta. Partiendo de una apriori extraño a toda consideración psicológica objetiva,  esta tradición admiraba la presciencia y la habilidad de estas mujeres que habían  comprendido que el Mesías descendería de Judá (Tamar), nacería en el pueblo hebreo  (Rahab), de una familia de Belén (Rut), de la descendencia de David (Betsabé). Seguras de  este conocimiento, habían empleado todos sus talentos, muy diversos, para entrar también   en ellas (aunque extranjeras -?-), en la ascendencia de ese personaje prestigioso. De esta forma, tales mujeres habían aparecido ante los israelitas como modelos de la   espera mesiánica. Al hacerlas figurar entre los ascendientes de Jesús, el evangelista prueba  que Jesús era ciertamente el Mesías y muestra cuán esperado y deseado fue. Los cristianos  no pueden desdeñar tales sentimientos; sobre todo si, siendo de origen judío, ven a unas  paganas animadas por tan nobles deseos.

Finalmente, el capítulo 1 de Mateo está centrado en la filiación davídica de Jesús. Y es que  el mesianismo va asociado a esta filiación. "¿De quién es hijo el Cristo?", pregunta Jesús a  los fariseos. "De David", responden ellos (22,42). Hacer remontarse hasta David el árbol  genealógico de Jesús es proclamarle Mesías: enseñanza útil para los judíos, algunos de los   cuales además habían reconocido esta filiación (12, 42).

Hacer remontar hasta David la ascendencia de Jesús, es decirles mucho a los cristianos  que han reconocido ya la mesianidad de su Maestro y que saben que, según testimonio del  propio David, el Mesías es más que hijo suyo: es su "Señor" (22, 45). Es afirmar el realismo  humano, la auténtica inserción histórica de aquel a quien ahora confiesan como Señor. Pablo lo explica: el "hijo de Dios, Jesucristo, nuestro Señor, nacido del linaje de David  según la carne" (Rm 1, 3 s). Los sermones de los Hechos de los Apóstoles, exposiciones   esquemáticas de la fe, afirman esta filiación (2 lectura).

Volviendo a tomar las suplicantes fórmulas antiguamente dirigidas a Jesús, por los ciegos  (9, 27; 20,30 s), o por la cananea (15,22: ¡una pagana!), los cristianos le invocan en su  liturgia:

"Jesús, Hijo de David, ten compasión de nosotros!".

Así se dirigen a aquel que "constituido por Dios como Señor y Cristo (=Mesías)" (Hech 2,  36) "puede sentir compasión hacia los débiles, puesto que también él, hombre como es, se  vio envuelto en flaqueza" (según Heb 5, 2). 

LOUIS MONLOUBOU
LEER Y PREDICAR EL EVANGELIO DE MATEO
EDIT. SAL TERRAE SANTANDER 1981.Pág 57

 


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